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Morir para vivir

Morir para vivir

He muerto para vivir.

Hasta hace un mes y medio vivía plácidamente en mi zona de confort, con un gran trabajo en el que me sentía feliz y correspondido por todo el mundo. Tenía también en marcha proyectos personales y participaba en iniciativas ajenas y en política.

Pero llegó un día en que me comunicaron que prescindían de mí, con carácter casi inmediato, y pasé a dilatar las listas de desempleo de este país. Mi zona de confort se disolvió de repente, y pasé de ser un empleado valioso a un coste prescindible. La decisión vino de un nuevo pez gordo implacable, con ganas de ganar medallas ordenando el despido del 5% en todas las áreas y departamentos con un único criterio: ahorrar costes.

Pero la tragedia no había hecho más que empezar.

Tres meses antes de este acontecimiento, me desperté un día con una tendinitis en un pie que me tuvo postrado durante todo ese tiempo, y en dos ocasiones tuve que trabajar desde mi casa durante varios días porque era incapaz de conducir o de andar sin muletas.

Tras varias sesiones con un activador muscular, recuperé la salud de mi pie, pero una tenosinovitis me llevó a visitar al médico de cabecera, quien, tras consultar mi larga ausencia por la consulta, hizo caso omiso a la tenosinovitis y me hizo pasar por analítica para “apoyar” el diagnóstico.

Los resultados no podían ser peores, pues casi todos los indicadores estaban fatal: azúcar, transaminasas, colesterol, ácido úrico… “Tienes un pie en la tumba”, me dijo la doctora. A esto, le sumó que tenía una tensión arterial explosiva: 19 de alta y 14 de baja. Mi sobrepeso, además, añadió un factor más de riesgo. Para poner la guinda a este pastel, el electrocardiograma había variado con respecto a la última vez que me lo hice, allá en 2007, por lo que ahora necesito observación y atención de un cardiólogo.

Ante esta perspectiva uno empieza a reflexionar y a darse cuenta de que este tipo de vida tan aparentemente feliz era en realidad una muerte dulce y lenta. El sedentarismo, la mala alimentación, el llevar un tipo de vida excesivamente intelectual, llenar constantemente la agenda de actividades irrelevantes y los malos hábitos, me llevaron a un callejón con pase al infierno.

Ante esta situación no me quedó más opción que dejar morir lo putrefacto de mi ser, cambiar radicalmente mi vida y a enfocarme en lo que es realmente importante. No solamente he cambiado mis hábitos de salud y de alimentación: también he cambiado como persona.

Ahora tengo otras prioridades en la vida, otras aspiraciones más humildes, dedico más tiempo a mi familia y a mi ocio, me preocupo menos por los problemas sociales, políticos y económicos, y pongo más atención a mi día a día, a mí mismo y a la gente con la que convivo en el aquí y ahora. He abandonado la mayor parte de mis blogs y redes sociales, pues quiero aprovechar mejor el tiempo. Ya no me preocupo por lo que va a pasar mañana porque prefiero exprimir, sentir y vivir este momento, pues el momento más importante de mi vida es éste.

He muerto para vivir. He dejado morir vicios, preocupaciones, penas, principios y pensamientos. He dejado morir a mi pasado para vivir este presente. Posiblemente, la mejor lección que aprendí en mi vida fue ésta: hay que morir para vivir, no vivir para morir. Hay que renovarse para permanecer, no conservarse para extinguirse. El cambio es la forma natural en que el universo ha permanecido (y permanecerá) durante millones de años. ¿Por qué nos resistimos a cambiar? ¿Por qué nos empeñamos en extinguirnos?

En apenas 3 semanas he perdido 10 kilos, mi tensión está en 12/9, soy capaz de correr durante media hora y de andar durante más de dos horas. Tengo mejor humor, discuto menos, me centro más y me disperso menos. Creo que mi muerte me está permitiendo vivir mejor.

¿Crees que hay que morir para vivir?

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