Yggdrasil, by Oluf Olufsen Bagge, 1847. El árbol escandinavo del mundo, que conecta los cielos, el mundo y el submundo

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Quiero compartir con vosotros una anécdota que me pareció ejemplar y eficaz para combatir cualquier crisis o adversidad que se nos presente.

Nerea necesitaba contratar a un analista informático que le solicitó un cliente para un proyecto importante. Con tantos millones de parados en el mercado laboral, pensaba que encontrar un buen candidato sería sencillo. Pero estaba muy equivocada.

Al final de la primera semana, tras entrevistar a decenas de aspirantes, estaba desesperada. Todos los candidatos tenían mucha experiencia y grandes conocimientos relacionados con el puesto. Pero algunos candidatos le contaban sus penas y lo mal que lo pasaban para sobrevivir. Otros se quejaban del gobierno, de los sindicatos y hasta de las empresas. Otros candidatos ponían pretextos a la candidatura, alegando que antes trabajaban en grandes multinacionales, con un mejor puesto, un sueldo más alto y con mejores condiciones.

Todos tenían en común que eran víctimas de una crisis despiadada que destruyó su seguridad y su bienestar. Un cambio repentino se produjo en sus vidas, pero ninguno quiso cambiar, resistiéndose a un pasado que se alejaba inexorablemente y para siempre. No dejaban de atribuir la culpa de sus desdichas a este mundo cruel y despiadado. En cada uno de ellos había negatividad, desesperación, apatía, desidia, resignación y hasta orgullo.

Llegó el viernes de la tercera semana. El cliente apremiaba y Nerea aún no tenía a un candidato que le satisfaciera. Quedaban tres candidatos antes de cerrar el proceso de selección. Si no aparecía ese candidato, eligiría a aquel que mejores aptitudes tuviera y menos problemas pudiera generar.

Pero el primer aspirante fue diferente al resto. Desde que entró en la sala, Nerea notó que había algo en él que no encontró en los demás. Sonreía y había un brillo especial en sus ojos. Se le notaba firme, seguro, cordial y contento de estar allí. Contagiaba entusiasmo y ganas por trabajar. Habló de su anterior trabajo con pasión. Su interés por el puesto era real y sincero. En ningún momento habló de nada personal ni transmitió nada negativo. Ya había encontrado a su analista.

Nerea atendió por cortesía a los dos últimos candidatos, quienes repitieron los mismos patrones de conducta que los primeros aspirantes.

El candidato entusiasta fue contratado inmediatamente y comenzó a trabajar. Después de una semana, Nerea contactó con él para saber qué tal le iba en el trabajo y si éste se ajustaba a sus expectativas. Estaba pletórico y feliz. A Nerea le extrañó su efusividad, pues sabía que no era un trabajo excepcional. Por ese motivo, le preguntó que cómo podía ser tan feliz ante un trabajo más bien ordinario y con un sueldo más bajo que hacía 5 años. Su respuesta le dejó perpleja:

“Sé que no es el trabajo más importante del mundo, pero para mí sí que lo es, porque es mi trabajo. He tenido suerte de encontrarlo en un momento tan difícil en donde se despiden a miles de personas cada día. ¿Por qué no iba a estar agradecido por él y ser feliz?

La crisis provocó que mi anterior empresa redujera la plantilla poco a poco, hasta que llegó mi turno y me despidieron. Tenía tres hijos pequeños, una esposa, una hipoteca y muchas deudas. Fue un golpe muy duro. Había perdido el salvavidas económico de mi familia.

Contacté con otras personas a las que le sucedió lo mismo, pero sólo oyes lamentos y quejas, como si con ello se solucionaran los problemas. El mal de todos es el consuelo de los tontos. Te introducen en una corriente viciosa, cada vez más vertiginosa, negativa y destructiva. Todos quieren volver a la zona de confort de la que fueron despojados, pues creen que les pertenecía por derecho propio. Y así pasa el tiempo: sigues en el mismo sitio, en la misma situación y nada ha cambiado.

Un día, mientras comía con mi madre, me deshice en sollozos. Durante varias horas, ella escuchó impasible mis problemas y mis penas, con la paciencia que sólo una madre tiene cuando sufre por el sufrimiento de un hijo. Cuando me desahogué por completo, mi madre me dijo con una gran sonrisa: “el mundo es tu espejo, querido. Cuando lo miras y ves el infierno, ves tu propio reflejo, lo que hay en tu interior. Puedes cambiar el mundo, pero antes debes cambiar tú. Cuando le regalas una sonrisa a alguien, esa persona reacciona ante ella con un estímulo contagioso. Esa persona, seguramente, sonreirá a otra persona, y así, sucesivamente hasta llegar a ti. Tu actitud cambia tu mundo”.

Aquello fue revelador para mi. Durante mucho tiempo tuve una actitud negativa, y el mundo reflejó mi propia negatividad. Había llegado el momento cambiar.  Y ese cambio debía empezar por mí mismo y mi actitud.

Mi madre me dio una vida al nacer, pero me dio otra vida con ese consejo. Mi mundo cambió cuando cambié mi actitud.”

 

 

Y tú, ¿crees que la actitud es la clave para cambiar tu mundo? ¿Tienes alguna experiencia en la que la actitud fuese decisiva?

 

 

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